Sol de invierno

Fue en el jardín de las acacias, una tarde soleada de invierno. Yo jugaba a sentirme triste y él; extrañado por mi cambio de humor, trataba de complacerme agarrándome fuerte la mano. Mi corazón bombeaba con fuerza pero mi juego de nostalgias por querer sentirme más amada, dejaba soltar mi mano mientras perdía la mirada en el destello del sol tras las ramas.

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Me decía cosas dulces, promesas turquesas que te hacen vibrar cuando se rubrican con mi nombre en sus labios. Pero yo ansiaba ser uno de esos rayos que el sol lucía en el azul y gélido cielo de Enero. Paseamos toda la tarde mientras el jardín se me antojaba pequeño, quizás me apetecía andar por un camino eterno escuchando su voz. Llegábamos a la puerta verde del guarda. Puerta que cerraba el paso a los mundos de la monotonía y la rutina. Puerta que se hacía grande según avanzábamos, de un verde manzana gastado por varios inviernos y de una madera eterna que dividía la invisible barrera de estar solos o acompañados.

Pero esta vez algo brillaba colgando del tirador de hierro forjado. Un destello multicolor, de morados, verdes, rosas y de una promesa de amor rubricado. Mi corazón no pudo más y me volví para abrazarle. Irradiaba calor y una sonrisa…y por supuesto el reflejo de un guiño en sus ojos al guarda de la puerta.

Qué tardes tan felices las de aquel Enero.

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